La primavera y su brisa húmeda y fresca nos llevan este mes a dar nuestro paseo por un rincón de la provincia peculiar donde los haya: Ayamonte. Un crisol de culturas bañado por el Guadiana, que fluye cargado de flora y fauna autóctonas hasta encontrarse con el mar. Un punto de unión entre España y Portugal. Esa suerte que tenemos en Huelva de cambiar de país en un pestañeo. 

intro-ayamonteUn sitio tranquilo, blanco, muy andaluz. Lleno de vida, con su dejo portugués, sus gentes mecidas siempre por el agua que baila tan cerca, y cada vez más turismo extranjero que viene a disfrutar de los encantos de la vida tranquila, el sol y la excelente gastronomía.

Ayamonte es grande. Así que hemos tenido que decantarnos por recorrer una de las zonas más emblemáticas, sus callejuelas encaladas y nostálgicas del barrio de la Ribera, barrio original del pueblo. Comenzando por el moderno Puerto Deportivo y terminando, cómo no, con cervecita y tapeo en Casa Orta. Esto pasa cuando trabajar es un placer.

Nos acompaña en esta ocasión el historiador ayamontino Enrique Arroyo. Responsable, entre otras cosas, de coordinar las Jornadas de Historia durante quince años. Ya disfrutando de esa época dorada de la jubilación, nos atiende encantado y nos prepara un paseo en el que no deja de saludar a gente por las calles.

Empezamos, como decíamos, por el Puerto Deportivo, que se encuentra en pleno centro de la ciudad, frente a las emblemáticas Plazas de España y de la Coronación, cerca de la desembocadura del río Guadiana. Un lugar que cuenta con el distintivo de Bandera azul. Y empieza la lección de historia.

Nos recuerda Enrique que nos encontramos en un lugar un tanto especial por lo que tiene de punto de unión entre dos países. Dos tierras que hoy son muy amigas. A nosotros nos encanta ir a comer y ellos vienen para Huelva a comprar. Pero no siempre ha sido así. La enemistad fue algo común en un pasado. Ayamonte sufrió las consecuencias por estar situado en medio de todo el jaleo.

Lo primero que nos señala nuestro guía son las cuatro torretas en forma de cubo que se ven desde el puerto y el Paseo de la Ribera.

Se llaman miradores y el sitio más cercano donde encontramos construcciones similares es en Cádiz. Los miradores eran las casas de antiguos armadores de barcos que tenían fábricas de conservas. Al ser edificaciones más altas que el resto, permitían divisar el mar. Cuando el galeón de turno iba llegando a puerto, izaba en palo mayor una bandera determinada para indicar cuántas botas de sardinas traía y así organizar con premeditación todo el dispositivo de operarios.

Cruzamos la calle y nos damos un vuelta por el Paseo de la Ribera. Precioso con sus bancos de azulejos, pérgolas y palmeras. Cargadito de flores, rezuma vida mañanera, muy agradable, soleada y sosegada. Nos va contando Enrique cómo se formó el barrio.

En los siglos XIV y XV la población ayamontina va creciendo lentamente. Cada vez hay más movimiento y Ayamonte aportó un gran número de hombres a la carrera de las Indias. Junto al auge de la pesca el número de habitantes se incrementa y este barrio se va formando poco a poco. Y hablando de los viajes a América, un dato curioso. El primer fumador europeo fue el ayamontino Rodrigo de Jerez, que introdujo el vicio en esta parte del mundo.

El Paseo de la Ribera fue diseñado por el arquitecto de la Exposición de Sevilla de 1929, Aníbal González. A pesar de que en sus inmediaciones se descargaban en el pasado los carros de pescado, el Ayuntamiento siempre preservó el espacio del paseo impidiendo el paso.

Antes de pasar al centro neurálgico nos fijamos en una construcción curiosa: un alpende.

Nos encontramos en un lugar un tanto especial por lo que tiene de punto de unión entre dos países

Se trata de un techado de palos que se usaba antiguamente como lonja y que ahora está lleno de bares. Son típicos también en el Puerto de Santa María y en Sanlúcar de Barrameda.

Nos adentramos ahora en pleno barrio, por la calle San Diego. Nos señala Enrique la emblemática esquina de La Peña, lugar cofrade donde antiguamente se asentaba el bar La Peña. La Semana Santa es grande en Ayamonte y una de las más peculiares de España. Muy al margen de modas e influencias de fuera, fue declarada Fiesta de Interés Turístico Nacional de Andalucía en 1999 por la Consejería de Turismo de la Junta de Andalucía en 1999, siendo así la primera ciudad de la provincia de Huelva en obtener dicho reconocimiento.

Los ayamontinos la viven intensamente y por este rinconcito pequeño, unión de varias calles, pasan todas las cofradías, que tienen que cumplir estación de penitencia en el Paseo de la Ribera. No es fácil, pues los pasos son de grandes dimensiones.

Y llegamos a la calle principal, llamada oficialmente calle Cristóbal Colón, pero conocida popularmente como calle Real. Un hervidero de gente repartida por los comercios bares, restaurantes y terrazas. Precioso ambiente que se abre en un momento hacia la Plaza de la Laguna, preciosidad de sitio donde se encuentra a su vez el Ayuntamiento.

Está cortada al tráfico así que es todo un placer disfrutarla tranquilos. Con una cerámica pintada a mano en sus bancos, todos iguales menos algunos conjuntos redondeados, sobresale una reproducción en azulejos del cuadro de Sorolla “La pesca del atún”, cuyo original se encuentra actualmente en el Museo Hispánico de Nueva York (Sociedad Hispánica de América). Se dice que el pintor alucinó con la belleza de la luz de la zona y gracias a sus contactos con la familia Feu tuvo acceso a la realidad de esta tarea de marineros y así la reflejó en su lienzo.

Llena de personas mayores paseando o tomando el sol, de extranjeros jubilados que experimentan este paraíso. Al parecer por la tarde los niños juegan sin parar sobre sus baldosines de hidráulicas, al igual que lo han hecho generación tras generación. Las bonitas pérgolas con flores que dan sombra al lugar hacen que se nos antoje un lugar ideal para leerse un libro a media mañana.

En nuestro paseo nos hemos ido encontrando con placas que hacen referencia a personajes o lugares históricos del sitio. En esta plaza vemos uno que hace referencia a un tal Arco del Toril. Y salimos de dudas gracias a lo que nos cuenta Enrique.

El Ayuntamiento estaba apostado antiguamente sobre este arco. Se trataba de un pasaje donde se guardaban los toros, porque en la plaza se celebraban corridas. Claro que tenemos que hacer el esfuerzo mental de imaginamos el sitio sin casas, banquitos o árboles. Aquello era un arenal.

Precioso ambiente que se abre en un momento hacia la Plaza de la Laguna. Preciosidad de sitio donde se encuentra a su vez el Ayuntamiento

Pero más que la historia de los toros, nos llama la atención ésta otra. Una de las actividades que tenía lugar en la plaza eran los llamados Juegos de Cañas, de los que nuestro guía tiene recogida una interesante documentación. El lugar más cercano donde encontramos esta costumbre es Jerez, por aquello de la importancia de los caballos.

El juego, similar a un torneo pero menos violento, pues en lugar de lanzas se usaban cañas, consistía en formar dos grupos de unos cinco caballeros muy notables ataviados solemnemente al igual que sus caballos. Hablamos de personalidades de la época como el marqués de Ayamonte, el duque de Medina Sidonia o el duque de Béjar.

Mientras que el público observaba expectante, los caballeros se cruzaban golpeándose con las cañas. Nadie moría, en principio, pero se pegaban unas buenas tundas y siempre había un perdedor que si no tenía buen perder, podía terminar sacando la lanza y matando de verdad al ufano ganador. De aquí el refrán de “las cañas se vuelven lanzas”.

Vemos desde aquí una bonita perspectiva de la Parroquia de las Angustias, preciosa y blanquísima, declarada Bien de Interés Cultural en la categoría de Monumento. Data del siglo XVI y reúne diferentes estilos: mudéjar, barroco y neoclásico.

Vamos caminado y llegamos al embarcadero, dede donde salen los ferrys o transbordadores, como los llaman aquí. Qué de recuerdos pre Unión Europea. La de atascos y colas de coches que nos tragamos cuando niños para ir a comprar toallas a Villa Real de Santa Antonio (Portugal). Y es que antes de ese mega puente que une Huelva con Portugal, la única manera de llegar al país vecino era por barco. Los transbordadores siguen funcionando y por menos de dos euros nos plantamos en Portugal tras un hermoso paseo de quince minutos por el Guadiana. Y además te puedes llevar el coche.

En el embarcadero se encuentra también la antigua aduana, un edificio de 1940 que destaca por ser el único del lugar que está decorado con placas de granito en fachada. Hoy día acoge la Cámara de Comercio y la emisora de radio municipal. El pueblo respira tranquilo tras el susto de 1992. Se pensaba que la construcción del puente quitaría vida a Ayamonte, pero nada más lejos de la realidad. Las relaciones comerciales y humanas con nuestro país vecino van a más.

Una pena ver cómo se erigen construcciones mamotreto alrededor de la zona. Enrique señala a un culpable: el alcalde Enrique Navarro Nieto, que en 1965 no sólo fue responsable de estos esperpentos, sino también de la destrucción del antiguo castillo, donde actualmente se enmarca el Parador turístico.

La Parroquia de las Angustias está declarada Bien de Interés Cultural en la categoría de Monumento

Desaparecieron ya de la zona las antiguas fábricas de conserva, algunas de ellas bien conocidas, como la de Garavilla (¿quién no ha comido con Isabel?) Pero aún sigue en pie un sitio muy retro que por supuesto capta de inmediato nuestra atención: el surtidor de Ricardito. Una gasolinera pequeñita ahí en mitad de dos calles. ¡Ay el encanto de los pequeños sitios!

Nos dirigimos ahora hacia el Baluarte de las Angustias, que rodea a la parroquia del mismo nombre y que antes veíamos desde la plaza de la Laguna. Declarado Bien de Interés Cultural del Patrimonio Histórico Español, se trata de una antigua construcción defensiva en piedra y argamasa, del siglo XVI, que contaba con una batería alta y otra baja (que ya desapareció). De nuevo hacemos el esfuerzo mental para imaginarnos aquello libre de casas o ninguna barrera arquitectónica. Sólo se divisaba el mar.

Los ataques de la piratería y de las flotas enemigas, incluida Portugal, aliada de Inglaterra y Holanda, eran frecuentes y Ayamonte era blanco perfecto. De ahí la necesidad del Baluarte, así como de la torre almenara que encontramos camino de la Punta del Moral, la Torre de Canela, restaurada hace ahora nueve años (pero eso da para otro artículo).

Estamos ya a punto finalizar nuestro paseo y abrimos boca visitando el mercado de abastos.

Un edificio que no tiene nada que destacar pero que como todas las plazas de abastos tiene su encanto. Fruta, verdura, hierbas frescas, carne y sobre todo pescado y marisco frescos de la zona. Una autentica delicia. Muy típico por las tardes comprarse una bolsa de patatas fritas recién hechas en las churrerías de alrededor del mercado.

Y ahora sí, tiempo de descansar y refrescamos. Elegimos un sitio curioso: Casa Orta, de los alosneros, familia de Ayamonte procedente de Alosno.

Muy típico por las tardes comprarse una bolsa de patatas fritas recién hechas en las churrerías del alrededor del mercado

Una tienda de ultramarinos que ha visto pasar ya a cuatro generaciones y que se ha puesto muy de moda porque sirve en su trastienda papelones de chacina y queso junto a conservas de la zona. Toda una experiencia sentarse en su patio trasero encalado y lleno de vegetación a tomarse un botellín bien fresquito y una tapa de panceta. Esto es puro espíritu andaluz.

Ya nos podemos ir a casa contentos.

 

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