Tras el caluroso verano, volvemos al Andévalo. Esa zona de Huelva que está en medio de ninguna parte y, porqué no decirlo, un tanto olvidada. No deja de sorprendernos. No podemos hablar aquí de maravillosos edificios o de paisajes soberbios como los de la costa o la sierra. Pero el Andévalo y, en concreto, el pueblo donde estamos hoy, el Alosno, son especiales, peculiares, con una riqueza serena y quizás no visible a primera vista, pero grande como la que más. 

paseo-alosno-destacadaPara conocer mejor qué se cuece en esta tierra de fandangos y aguardiente, hemos quedado con Antonio Blanco. Un alosnero que sabe muy bien cómo enseñarnos su pueblo. Escribir para Siente Huelva no sólo es alucinante por la cantidad de sitios que conocemos, sino por la gente con la que nos vamos topando en nuestro caminar. Antonio ya ocupa un huequito especial en nuestro corazón.

Vamos a recorrer las calles de Alosno parando en cada una de sus fuentes, disfrutando la quietud de una calurosa tarde de otoño, observando la vida familiar de sus calles, donde todo el mundo se conoce, donde todo el mundo se saluda y se sonríe. Y vamos a aprender de la identidad del sitio, a quedarnos con las ganas de volver.

No en vano, estamos aquí de vuelta, porque ya nos enganchamos en el número anterior gracias a El Cerrojo Tapas, que cubríamos en nuestra sección gastro. Porque la identidad gastronómica de la zona es otro must. Habas enzapatás, gurumelos, aguardiente, alfajores… Delicioso.

Hemos quedado con Antonio en el Paseo, que la gente de aquí divide en el Paseo de Arriba y el Paseo de Abajo. Una plaza central rectangular donde están el ayuntamiento y unos edificios característicos del lugar. La vida transcurre pausada. La gente toma la merienda en los bares de la plaza mientras que los niños juegan locos entre los mayores.

Nosotros vamos a subir por la calle Paco Toronjo para toparnos con el Salón Sociocultural Antonio Machado. Y nos llama la atención el nombre. Nos cuenta Antonio que el escritor está emparentado con el pueblo. Unas casas más adelante, en la misma calle, se levante el sencillo y precioso mercado.

En el mercado empezamos a vivir esas historias que tanto nos gustan. No es hora de que los puestos estén abiertos. No hay vida de plaza de abastos. Las fruterías, pescaderías y carnicerías están ya descansando hasta mañana, pero la barbería y el bar siguen en activo. Nos encanta la imagen. Antonio nos recomienda entrar en el bar. Por lo visto antiguamente se vendían todo tipo de utensilios en el mismo centro del lugar y allí hay una foto que lo atestigua. Curioso documento gráfico.

De pronto olemos algo riquísimo que nos transporta de inmediato a nuestra niñez andaluza: la matalahúva (anís verde). En el bar están friendo picatostes con esta hierba tan nuestra y tenemos la suerte de probarlos. Esto es viajar sin ir al futuro o tomar drogas. Maravilloso. Comer durante nuestros paseos nos da la vida. Hay que pararse y paladear también este ratito.

El Alosno es especial, peculiar. Con una riqueza serena y quizás no visible a primera vista, pero grande como la que más.

Tras la experiencia de ese viaje a través del sentido del gusto y el olfato, terminamos en la vega ancha, la zona de la Vegacha, con el monumento al gran Paco Toronjo y una fuente pequeñita y adorable. Dos señores mayores sentados en un banco, echando la tarde, nos sirven de modelos para un par de fotos. Parecen felices y relajados, todo está en calma. Una señora barre su puerta. Limpiando la calle que se llama. Tan de Andalucía y sus pueblos blancos inmaculados.

Aquí nos cuenta Antonio el significado de una palabra muy alosnera: la colá. Y es que estamos ante una de ellas. Antiguamente, cuando se tenían bestias que ayudaban a las labores del campo, se utilizaba esta zona anexa a la casa, la colá, por donde se colaban esos animales para evitar su paso por medio de la sala. Allí era y es (aunque las colás ya se usan como cocheras) donde se cuelgan las tradicionales cruces.

En Alosno hay, como en toda Andalucía, tradición cofrade, pero una de las fiestas grandes del pueblo son las cruces y la de San Juan aquí es muy distinta a la de otros lugares. La cruz de Alosno está catalogada como patrimonio cultural junto con otras tres de la provincia: Almonaster, Berrocal y Bonares. Se montan doce cruces en distintas casas y allí las mujeres esperan por orden jerárquico a los hombres, que se pasan la noche entera cantando y bailando por las calles, con panderetas y canastos llenos de bebida y entran en la cruz para sacarlas a bailar. Dentro de las colás se cantan los tradicionales fandangos y las sevillanas típicas de aquí, las seguidillas bíblicas. La fiesta dura hasta la madrugada. Otra razón más para volver a Alosno. Esto no nos lo podemos perder.

Vamos ahora a la famosa calle Real, con sus esquinas de acero. La calle, ya nos advierte Antonio, no es nada del otro jueves. Ha perdido mucho con los años y las transformaciones arquitectónicas que en general han sufrido todos los pueblos de por aquí, pero merece la pena verla. Esas esquinas reforzadas con acero cumplían una función. Las estrechas calles eran complicadas para los antiguos carros con grandes ruedas así que el acero evitaba el erosionado de los muros en las esquinas.

Y caminando llegamos a la ermita más antigua del pueblo, la del Señor de la Columna, una de las primeras ermitas extramuros de la provincia. Data del siglo XVI y es una construcción sencilla que alberga varias imágenes religiosas.

Una señora barre su puerta. Limpiando la calle que se llama. Tan de Andalucía y sus pueblos blancos inmaculados.

Se respira paz dentro del sitio y por fuera es blanquísima y serena. Un rincón en el que pasar un rato de relax. Un sitio de auténtica devoción para los alosneros.

Tras disfrutar del rinconcito vamos subiendo por la calle Río hacia la siguiente fuente, la del Piano, en la calle Regajillo. Otro recodo mágico que nos va dirigiendo hacia casas señoriales que nos encantan, como la del Vizconde de Orta, que data del siglo XVIII, o las que encontramos en la calle de la Condesa de Barbate, una aristócrata que se ganó la calle porque en los años cincuenta hizo mucho por el pueblo.

En todo momento, por estas callejuelas tenemos la vista al fondo del campo y antiguas zonas mineras. Se va haciendo tarde y empieza a correr un vientecillo que nos da un descanso del calor del día. El cielo está emborregado y sabemos que está a punto de regalarnos uno de esos atardeceres propios de Huelva, de los que te dejan con la boca abierta. Y por otro lado, el punto retro: un antiguo cartel de la Cruzcampo en lo que fuera un bar nos arranca una sonrisa y unas cuantas fotos de móvil.

Recorriendo estas callejas Antonio nos va narrando más de la historia de Alosno. Aquí va una interesante. Nos enteramos de que el pueblo no ha estado siempre aquí, sino que se trasladó de lugar. El núcleo de población se encontraba a unos cinco kilómetros, pero las tierras, se cree que por las aguas, empezaron a ser insanas y a sufrir, por tanto, una despoblación.

El Duque de Medinasidonia, para evitar el desalojo total de la zona, dejó a las gentes que allí vivían unas dehesas libres de impuestos. Esto provocó que llegara además personas de fuera de la provincia. Hablamos de 1444 y el movimiento de población se hizo de manera pausada. Quien llegaba, sobre todo de pueblos leoneses y del norte, iba dejando su impronta cultural. Incluso se sabe por los libros bautismales que al Alosno llegó una colonia de judíos conversos que adoptaba nombres de árboles frutales. De ahí la abundancia de apellidos como Limón, Naranjo, Castaño o Carrasco (un tipo de pino).

Así que aquí tenemos la explicación del crisol de culturas que tenemos en Alosno, la cantidad de costumbres que se conservan de lejos. Los hebraicos, por ejemplo, eran muy músicos, de ahí esa impronta alosnera de tener canciones para todo. Música, poemas, cantos y romances forman parte de la identidad del pueblo. Las vestimentas de las fiestas más tradicionales son toro ejemplo.

Y qué decir del flamenco, y sobre todo del fandango, que tuvo en Alosno cuna indiscutible. Aquí hay un toque de guitarra peculiar, distinto a otros. Unas entonaciones que nada tienen que ver con las de otros pueblos. Alosno ha dado varios intérpretes de este palo y cada uno le ha aportado su estilo, sobresaliendo Paco Toronjo.

La cruz de Alosno está catalogada como patrimonio cultural junto con otras tres de la provincia: Almonaster, Berrocal y Bonares.

En la época de los café teatro todo el mundo imitaba a los famosos cantaores y sus estilos. Ahora los estudiosos del flamenco vienen a Alosno a seguir aprendiendo de los grandes.

Estamos llegando al final de nuestro paseo. Nos encontramos ahora en una plaza donde se se sitúa la casa del patrón, San Juan Bautista, la seña de identidad más fuerte de Alosno. Otra fuente la corona, con la estatua homenaje a la danza de los cascabeleros y azulejos donde vemos los trajes típicos de las fiestas. Para no perdérselo cuando nos cuenta Antonio la que se forma aquí.

La casa del patrón abre sus puertas a todos los que allí se dan cita, durante la festividad de San Juan, en junio. Y hay dulces tradicionales y aguaíllos para todo el mundo.

Y qué decir del flamenco, y sobre todo del fandango, que tuvo en Alosno cuna indiscutible. Aquí hay un toque de guitarra peculiar, distinto a otros.

Ésta es una de las bebidas de aquí y se trata de una mezcla de aguardiente, agua y azúcar que suponemos te da la vida tras varias horas de fiesta.

Alrededor de esta estatua danzan los hombres con sus cascabeles en los tobillos y en el sentido inverso a las agujas del reloj, cumpliendo así una tradición que viene del paganismo. Las mujeres visten con el traje de jueves de comadre, otro símbolo etnológico propio del Alosno. Debe ser un espectáculo al que pensamos acudir el próximo año.

 

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